Como diría Paloma (La Elegancia del erizo. Barbery Muriel) tengo una vertiente japonesa muy acusada. Pero no sólo por ser una otaku empedernida desde antes de que fuese “guay” o “estuviese de moda” (que también, aunque en realidad, holly crap! qué más da si os habeis convertido en otakus ahora, ¿o es que por el tiempo que lleveis en el gremio de los adictos al manga vais a ser mejores o peores? No. Por favor, si alguna vez oís que alguien dice una shmuck semejante, please, pretty please, soltadle una colleja de mi parte) sino porque me encanta todo lo relacionado con Japón. Es uno de mis lugares favoritos en el mundo, pero ahora no entraremos en eso, ya volveremos a Japón otro día, y al té y a los Samurais, y a las nuevas tecnologías y al mundo espiritual, y a la música y a los montes azules.
Me encantan los Koans ( según la Wikipedia: “Un problema que el maestro plantea al novicio para comprobar sus progresos. Muchas veces el koan parece un problema absurdo, ilógico o banal. Para resolverlo el novicio debe desligarse del pensamiento racional y aumentar su nivel de conciencia para adivinar lo que en realidad le está preguntando el maestro, que trasciende al sentido literal de las palabras.”) Sin embargo, si hay algo que ya me vuelve totalmente loca es enredar con ellos. Me pierde vamos (algo así como el café del Starbucks y ver películas en salas de cine antiguas). O más.
¿Quién es discípulo? ¿Quién maestro?
Así que, os dejo un enredo de Koans, para que veais cómo suele funcionar mi cabecita (que aunque parezca mentira funciona, si no al derecho, desde luego sí al revés):
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El discípulo Doko se presentó a su maestro zen y le dijo:
- Estoy buscando la verdad, ¿cuál es el estado mental en el que debo perfeccionarme para encontrarla?
- No hay mente, de modo que no puedes ubicarte en estado alguno. No hay verdad, de modo que no puedes perfeccionarte para alcanzarla – fue la respuesta del maestro.
- Si no hay mente que perfeccionar, ni verdad por encontrar, ¿por qué tienes aquí esos monjes que se reúnen todos los días ante ti para estudiar el zen y perfeccionarse mediante ello?
- Pero si aquí no hay siquiera un palmo de sitio… – dijo el maestro – ¿Cómo podría haber una reunión de monjes? Y yo no tengo lengua, ¿cómo podría entonces llamarlos o impartirles enseñanzas?
- Oh, ¿cómo puedes mentir así? – espetó Doko.
- Pero si no tengo lengua que me permita hablar, ¿cómo podría mentirte?
Entonces Doko añadió con tristeza:
- No puedo seguirte. No puedo comprenderte.
- Ni yo puedo comprenderme a mí mismo.
La respuesta del discípulo a esto fue:
- Si no tienes lengua con la que hablar, ¿cómo puedes decir algo así?
- Pero… sí que tengo lengua… Sino ¿por qué se reúnen aquí cada día todos esos monjes para aprender el zen y para perfeccionarse mediante ello?
- ¿Dónde? Aquí no hay siquiera un palmo de sitio…
- Oh, ¿cómo puedes mentir así? – espetó el maestro.
- No hay mente, de modo que no puedes ubicarte en estado alguno. No hay verdad, de modo que todo es mentira – dijo Doko.
El maestro, destrozado por dentro, dijo:
- Así pues, ¿no hay estado mental que perfeccionar, ni verdad a la que aspirar?
- Lo siento, no puedo comprenderte. No puedo seguirte. No puedo oírte. No tienes mente, ni verdad, ni lengua, ¿recuerdas?
Otro día.
Joshu preguntó al maestro Nansen:
- ¿Cuál es el verdadero Camino?
Nansen respondió:
- El camino de cada día es el verdadero Camino.
Joshu preguntó:
- ¿Puedo estudiarlo?
Nansen respondió:
- Cuanto más lo estudies, más te alejarás del Camino.
Joshu preguntó:
- Si no lo estudio, ¿cómo puedo conocerlo?
Nansen respondió:
- El Camino no es de las cosas que se ven, ni de las cosas que no se ven. Ni es de las cosas conocidas, ni de las cosas desconocidas. No lo busques, ni lo estudies, ni lo nombres. Para alcanzarlo, ábrete con la amplitud del cielo.
Unas horas después.
El maestro Nansen preguntó a otro maestro zen:
- ¿Cuál es el verdadero Camino?
A lo que el maestro zen contestó:
- ¿Cómo voy a saberlo, si no tengo lengua con la que hablar, ni mente con la que ubicarme en estado alguno, ni verdad por encontrar?
Nansen, entonces, espetó:
- Oh, ¿cómo puedes mentir así? Si no hay mente que perfeccionar, ni verdad por encontrar, ¿por qué tienes aquí esos monjes que se reúnen todos los días ante ti para estudiar el zen y perfeccionarse mediante ello?
El maestro respondió:
- El Camino no es de las cosas que se ven, ni de las que no se ven. No es de las cosas conocidas, ni de las desconocidas. No lo busques, ni lo estudies, ni lo nombres. Para alcanzarlo, ábrete con la amplitud del cielo.
Nansen, confundido y contrariado, respondió:
- ¿Qué? Lo siento, no puedo comprenderte. No puedo seguirte.
El maestro se lo pensó muy bien antes de replicar, pero al final dio con las palabras correctas:
- Me limito a repetir tus enseñanzas.
Entonces como si esa frase hubiese servido de ritual para convocar a sus peores demonios, los discípulos de ambos hombres entraron en la estancia en la que los maestros meditaban en voz alta.
- ¿Puedo estudiaros? – preguntó Joshu.
Doko añadió:
- Ni yo mismo puedo comprenderlos.
Y los discípulos rompieron a reír, porque habían descubierto algo que los maestros, con sus cábalas y sus acertijos jamás adivinarían: que en el espacio que ocupaban apenas había un palmo de sitio; que de tanto buscarlo, estudiarlo y nombrarlo, el Camino había desaparecido; que sólo quedaba un hombre en la Tierra con la capacidad suficiente como para abrirse con la amplitud del cielo…
Que nadie puede comprender a nadie.
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¿Comprenden ustedes ahora cuando digo que paso de líderes, gurús y demás familia? Con lo agusto que estoy yo con mi ejército Geek y mis causas perdidas. (Oh wait, no pueden comprenderlo por que “Nadie puede comprender a nadie”
)
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Koan más personal: ¿Vives? Te lo pregunto otra vez. ¿Vives?
Debatiendo…