Un cuento de luces y sombras.

Soñar es el camino. Reír, una elección.

myself

Un cuento

Un día, un poco por casualidad y un poco por despiste, me encontré a mí misma en medio del Valle de Las Sombras. Lo primero que vi fue a mucha gente sentada en torno a una larga mesa servida con montones de alimentos cada cual más apetitoso y exquisito. Sin embargo, todos los comensales tenían cara de hambrientos y el gesto demacrado. Tenían que comer con palillos, pero no podían, porque eran unos palillos tan largos como un remo. Por eso, por más que estiraban su brazo, nunca conseguían llevarse nada a la boca.

Profundamente impresionada salí de allí lo más rápido que pude y, ya puestos a permitir al Despiste que me guiase, terminé tropezando con La Montaña de La Luz. Llena de curiosidad me propuse echar una ojeada también. Con gran asombro comprobé que allí también había una mesa llena de comensales y con manjares igualmente ricos. Pero nadie tenía la cara desencajada, todos los presentes lucían un semblante alegre, respiraban salud y bienestar por los cuatro costados. Porque allí, en La Montaña de La Luz, cada cual se preocupaba de alimentar con los largos palillos al que tenía enfrente.

Feliz Fin de Semana a tod@s.

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Arkham

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Violeta: El nuevo color de la democracia.

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A falta de una oposición organizada y preparada para luchar por los derechos de los italian@s, la ciudadanía ha tomado la palabra criticando y denunciando las medidas cada vez más autoritarias y autocentralistas del gobierno de Silvio Berlusconi. Y, como no podía ser menos, su plataforma de apoyo se ha ido fraguando en la red desde el famoso día de No a Berlusconi que se organizó el pasado diciembre. Se llaman el Popolo Viola (el Pueblo Violeta) y abanderados por ese color exigen una democracia digna, que se respete la Constitución y que Berlusconi dimita.

Con aproximadamente 240.000 miembros en su grupo de Facebook suman más cada minuto. Podéis echarle un vistazo a la página web desde la que se estructuran: Aquí.

Este movimiento demuestra una vez más que la ciudadanía empieza a despertar y a tomar las riendas de la vida política. Desaparece esa apatía característica de las últimas generaciones y los ciudadan@s recuperan su protagonismo.

¿El futuro es violeta?

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8 de Marzo

8

Feliz día de la Mujer Trabajadora a todas.

Hemos ganado mucho, pero aún queda un mundo por hacer.

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Arkham

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Memorias de una cafetería.

ROSE (2)

Se quedó parado en la puerta del Café.

Fuera el cielo estaba gris y caía una lluvia fina apenas perceptible pero insistente. Miró a un lado y a otro de forma distraída buscándola. Había algunas mesas vacías aquí y allí, pequeños grupos de amigos que conversaban animadamente, parejas besándose y compartiendo dulces.

Lo mejor de aquel lugar siempre había sido la música. No era jazz, no era blues, no era de los cuarenta ni de los cincuenta sino todo a la vez. Ninguna canción te sonaba y todas lo hacían. Envolvían el paquete sobrio y del color del café que era aquel refugio.

En una de las mesas del fondo, escondida tras una columna, la vio. Tenía la cara sumergida en un libro de pastas grises. Estaba demasiado lejos para adivinar el título.

Los minutos y las notas del saxo y del piano que destilaban los altavoces se desgranaban poco a poco. Los nervios se apoderaron de él y por un momento estuvo convencido de que giraría sobre sí mismo y regresaría al gris de la calle cada vez más oscura.

Una luz al fondo empezó a difuminarse y la de la entrada aumentó su intensidad. Fuera anochecía.

Dio un par de pasos vacilantes y sopesó la idea de sentarse él solo y observarla en silencio desde la distancia. Ser un mero espectador del cuadro. Había algo en el modo desenfadado que tenía de pasar las páginas del libro y de acercarse la taza de café a los labios cada cierto tiempo que dejaba entrever las paredes de una burbuja muy especial. Un muro propio e individualista contra el que rebotaba incluso la música. No estaba seguro de querer perturbarlo.

En realidad tenía un miedo atroz a hacerlo y que esas mismas notas que rebotaban con elegancia contra sus paredes invisibles, le golpeasen a él en la cara como un mero daño colateral. No quería ser trivial, pero al mismo tiempo le aterrorizaba ser importante.

Se acercó a la vitrina de cristal dispuesto a pedir algo, pero cuando una chica pelirroja con la sonrisa más brillante que el verde de su delantal le preguntó qué deseaba, no supo qué responder. Que ¿qué deseaba?. Pues muchas cosas, como todo el mundo, pensó para sí. Sin embargo no fue capaz de verbalizar mentalmente ninguna cosa concreta. Era por culpa de esa música. No le dejaba pensar con claridad.

Siguió buscando en su interior algún atisbo de qué sería lo que quería en realidad. La idea de no saberlo le provocaba cierta inquietud absurda. Algo parecido a una angustia tenue y lejana.

La cara expectante de la muchacha cuya sonrisa estaba empezando a desfallecer le recordó dónde estaba y que debía pedir algo para tomar. Pero, ¿qué?. Había estado cientos de veces en ese lugar, había pedido varias cosas diferentes, las había probado prácticamente todas.

Se preguntaba qué estaría tomando ella. En qué parte de la extensa carta iría ya.

Al final se decidió por un espresso. Algo fuerte. Pagó a la chica con un par de monedas y agarró el pocillo sin esperar el poco cambio que le tenía que devolver. Dio un par de pasos dubitativos en dirección a la mesa del fondo, se paró a contemplarla de nuevo y al final sintió vergüenza de sí mismo por estar dando tantos rodeos. Se acercó al sillón gastado en el que estaba recostada y esperó.

A los pocos segundos ella levantó la vista del libro y lo miró con tranquilidad.

- Supuse que te encontraría aquí.

Ella sonrió de manera discreta, como si tuviese en su poder el conocimiento de un gran secreto. Le hizo un gesto con la mano, cerrando el libro con la otra.

- Siéntate. Si quieres.

Se tomó tres largos minutos para decidirse. Sopesando la situación con sumo cuidado. Había dudado en la puerta, le había llevado un tiempo cruzar la cafetería. Acercarse a ella de aquella manera había sido un acto casi involuntario, ajeno a sus propios pensamientos. Había sido víctima de su propio frenesí. Estaba agotado. Sin fuerzas. Y ahora tenía que decidir su próximo movimiento con cautela, pero ella se le había adelantado haciéndolo infinitamente real y palpable al expresarlo en voz alta. No le gustaban las reglas, ni que nadie le dijese lo que tenía que hacer. Ni siquiera ella. Todavía podía dar la vuelta y marcharse por donde había venido. Salir de ese Café corriendo y confiar en que al día siguiente no llovería y luciría el sol. O podía apoyar el pocillo blanco y verde sobre la mesa de madera cascada y dejarse caer en el sofá que había frente a ella.

Frente a frente.

- Sólo se trata de tomarse un café tranquilamente. Nada más.

Su voz era calmada y llena de lógica. De algún modo le molestaba esa sabiduría obscena que destilaba sin querer.

Dejó pasar otro largo minuto y observó cómo ella volvía a abrir el libro por la página donde lo había dejado. Su expresión continuaba siendo la misma. Nada había cambiado. No tenía cara de expectación. Volvió a acercarse la taza a los labios cada cierto tiempo, a escurrirse en su sitio, y a leer con interés. Él comenzó a sentirse insignificante de nuevo. Trivial. Casi invisible. Pensó que lo inteligente era la mímica. Había varios asientos libres, unas cuantas mesas vacías. Podía incluso tirar el espresso y pedirse otra cosa.

Le dieron ganas de tirar el pocillo al suelo y de gritar. Lo que fuera para romper su indiferencia. Lo que fuera para amargar aunque sólo fuera un poco esa calma mezquina. El óleo se puede borrar, hacerlo desaparecer por completo. Él quería ser acuarela.

Entonces se fijó en el título del libro. Leyó cada letra con cuidado, aspirando su significado. Saboreándolo. Tratando de que su significado no le devolviese al torrente de frenesí de antes. La edad nos regala capacidad de contención y dominio sobre nosotros mismos, pero en el fondo todos sin excepción somos niños jugando a ser adultos. Dejó caer los hombros de golpe y suspiró.

Cerró los ojos y se sentó en el borde del sillón. A ciegas. No quería ver la estupidez que estaba cometiendo. Esta vez ella cerró el libro de golpe y le miró fijamente. Estupefacta. Él no pudo verlo porque permaneció entre sombras. De momento no se atrevía a abrir los ojos. Tenía que pensarlo muy bien, pero sabía que podría abrirlos. Que sería una cuestión de tiempo. No se es valiente para siempre. No se es cobarde para siempre tampoco.

El volumen de la música aumentó un par de decibelios y escuchó cómo las paredes de la burbuja se astillaban. Sonrió sin poder evitarlo. Se preguntaba si cuando los abriese las paredes se romperían.

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Arkham

P.S. Hoy he estrenado mi cuaderno portugués de pastas azules. Me pareció una bonita forma de hacerlo.

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